Cuando el amor se apaga: una mañana de palabras no dichas

—¿Vas a dejar los platos ahí otra vez, Miguel?— La voz de Lucía me atraviesa como una ráfaga fría mientras dejo la taza en el fregadero. Son las siete y media de la mañana y la cocina huele a café y a distancia. Me giro, la miro, pero ella ya está de espaldas, removiendo el azúcar en su taza con una fuerza innecesaria.

No respondo. ¿Para qué? Hace meses que nuestras conversaciones son así: frases cortas, miradas esquivas, reproches disfrazados de rutina. El reloj de la pared marca el ritmo de nuestros silencios. Me siento en la mesa, hojeo el periódico, pero no leo nada. Solo escucho el tic-tac y el roce de la cuchara de Lucía.

Recuerdo cuando las mañanas eran distintas. Cuando Lucía se sentaba a mi lado y me contaba sus sueños, o reíamos por cualquier tontería. Ahora, cada gesto suyo me parece un reproche, cada palabra una acusación. ¿Cuándo dejamos de hablarnos de verdad? ¿Cuándo se llenó la casa de este frío?

—¿Has visto mis llaves?— pregunta ella, sin mirarme.

—No, no las he visto— respondo, y mi voz suena más áspera de lo que pretendía. Ella suspira, deja la taza en la encimera con un golpe seco y sale del salón. Oigo cómo rebusca en el bolso, en los cajones, en el abrigo. Me levanto, busco también, pero no sé si quiero encontrarlas. Siento que si las encuentra, se irá y yo me quedaré solo con este silencio que nos devora.

El móvil vibra sobre la mesa. Es un mensaje de mi madre: “¿Vais a venir este domingo a comer? Tu padre pregunta por vosotros”. No sé qué contestar. Hace semanas que evitamos las reuniones familiares. Lucía dice que no soporta las preguntas, las miradas de mi hermana Marta, los comentarios de mi padre sobre cómo deberíamos tener hijos ya, que se nos pasa el arroz. Pero la verdad es que yo tampoco tengo ganas de fingir que todo va bien.

Lucía vuelve, las llaves tintinean en su mano. Me mira, y por un segundo veo en sus ojos algo parecido al cansancio, o quizá al miedo. Pero enseguida baja la mirada y se pone la chaqueta.

—Hoy salgo tarde del trabajo. No me esperes para cenar— dice, y cierra la puerta tras de sí. El golpe resuena en la casa vacía.

Me quedo de pie en la cocina, mirando la taza que ha dejado. El café se enfría, igual que nosotros. Recojo los platos, los lavo despacio, como si así pudiera limpiar también el rencor que se ha ido acumulando entre nosotros. Pero no funciona. El agua arrastra los restos de café, pero no los silencios, no las palabras que nunca decimos.

Me visto, salgo a la calle. Madrid está gris, la gente camina deprisa, cada uno a lo suyo. En el metro, me pierdo en mis pensamientos. Recuerdo la primera vez que vi a Lucía, en la universidad, en una manifestación por la educación pública. Ella gritaba consignas, yo la miraba fascinado. Era valiente, apasionada, llena de vida. ¿Dónde quedó esa Lucía? ¿Dónde quedé yo?

En el trabajo, todo es igual de mecánico. Saludo a mis compañeros, me siento frente al ordenador, finjo interés en las reuniones. Nadie sospecha nada. Nadie pregunta. A la hora de comer, salgo a la calle, me siento en un banco del Retiro y llamo a mi amigo Sergio.

—¿Qué tal, Miguel?— responde con su voz alegre de siempre.

—No sé, tío. Creo que Lucía y yo estamos… no sé, mal. Muy mal— le confieso.

Sergio guarda silencio. Luego dice:

—¿Habéis hablado de verdad? ¿O solo discutís?

—No hablamos. Solo… convivimos. Como dos extraños— le digo, y noto que la voz me tiembla. Me siento ridículo, un hombre de treinta y seis años, incapaz de arreglar su propio matrimonio.

—A veces hay que romper el hielo, aunque duela. Si no, el silencio lo acaba matando todo— dice Sergio. Y cuelga, dejándome solo con mis pensamientos.

Vuelvo a casa tarde. Lucía aún no ha llegado. La casa está en penumbra, huele a humedad y a soledad. Me siento en el sofá, enciendo la tele, pero no presto atención. Miro las fotos en la estantería: Lucía y yo en la playa de Cádiz, sonriendo; en la boda de Marta, bailando juntos; en Granada, abrazados frente a la Alhambra. ¿Dónde están esas personas?

Oigo la llave en la puerta. Lucía entra, deja el bolso en el suelo, se quita los zapatos. Me mira, pero no dice nada. Yo tampoco. El silencio es tan denso que casi puedo tocarlo.

—¿Cenaste?— pregunta al fin.

—No tenía hambre— miento.

Ella asiente, va a la cocina, saca un yogur de la nevera. Se sienta a mi lado, pero no me mira. Yo tampoco la miro. La tele sigue encendida, pero ninguno la escucha. Solo estamos ahí, juntos y solos a la vez.

—Miguel…— dice de pronto, y su voz suena frágil, como si fuera a romperse—. ¿Tú crees que esto tiene arreglo?

La pregunta me golpea en el pecho. No sé qué responder. Quiero decirle que sí, que podemos volver a ser los de antes, que aún la quiero. Pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta.

—No lo sé, Lucía. No lo sé— susurro.

Ella asiente, y una lágrima le resbala por la mejilla. Yo la miro, y por primera vez en mucho tiempo, veo su dolor, su miedo, su soledad. Me acerco, le tomo la mano. Está fría, como la mañana, como nosotros.

—No quiero seguir así— dice ella, y yo tampoco. Pero no sabemos cómo romper el muro que hemos construido.

Nos quedamos en silencio, juntos en el sofá, mirando la nada. Afuera, la ciudad sigue su curso, ajena a nuestro pequeño naufragio.

A veces me pregunto si el amor se apaga de golpe, o si es un lento goteo de silencios, de palabras no dichas, de rutinas que matan la pasión. ¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que el amor se os escapa entre los dedos sin saber cómo detenerlo?