¿Por qué siempre soy yo la que paga?
—¿Otra vez has comprado tú el aceite, Lucía? —me preguntó mi madre por teléfono, con ese tono entre preocupación y resignación que sólo las madres saben usar.
Miré la bolsa del supermercado, aún colgada de mi muñeca. El ticket sobresalía, testigo mudo de otra tarde gastando lo que no tenía. En la cocina, Sergio estaba sentado frente al portátil, absorto en una videollamada de trabajo. Ni siquiera levantó la vista cuando entré.
—Sí, mamá, otra vez —susurré, intentando que Sergio no me oyera—. Pero no pasa nada. Ya sabes cómo es él…
Colgué y me apoyé en la encimera. ¿De verdad no se daba cuenta? ¿O simplemente le daba igual? Desde que nos mudamos juntos a este piso en Vallecas, hace tres años, he sido yo la que llena la nevera, paga la luz y hasta compra el papel higiénico. Sergio sólo ha traído pan dos veces y una caja de té, y eso porque se lo pedí expresamente.
Recuerdo la primera vez que discutimos por dinero. Fue durante el confinamiento. Yo había perdido mi trabajo en la tienda de ropa y él seguía teletrabajando para una empresa de informática. Una tarde, mientras hacía cuentas para ver si llegábamos a fin de mes, le pregunté:
—Sergio, ¿puedes encargarte tú de la compra esta semana? Estoy un poco justa…
Él ni siquiera apartó la vista del móvil.
—Claro, claro… —dijo—. Pero si quieres, hazme una lista.
Nunca fue. Al final, fui yo. Como siempre.
A veces pienso que Sergio vive en una realidad paralela. En su mundo, los gastos aparecen mágicamente cubiertos y las facturas se pagan solas. Cuando le hablo de dinero, pone cara de niño perdido y me dice:
—No te agobies tanto, Lucía. Ya sabes que yo te ayudo en lo que haga falta.
Pero nunca lo hace. O si lo hace, es con gestos mínimos: una barra de pan, un paquete de galletas… Y siempre después de que yo se lo recuerde varias veces.
Mis amigas dicen que soy tonta por aguantar esto. Que en España ya no estamos en los años 80 y que las parejas deben compartir todo, también los gastos. Pero cuando intento hablarlo con él, siempre acabamos discutiendo.
—¿Me estás llamando tacaño? —me gritó una vez, después de que le enseñara un Excel con todos los gastos del mes.
—No te llamo nada —le respondí, con lágrimas en los ojos—. Sólo quiero que te des cuenta de lo que cuesta vivir.
Esa noche dormimos espalda contra espalda. Yo lloré en silencio mientras él roncaba tranquilo.
A veces pienso en irme. Hacer las maletas y volver a casa de mis padres en Alcorcón. Pero luego me acuerdo de los buenos momentos: las risas viendo series en el sofá, los paseos por el Retiro, las noches de verano en la terraza con una copa de vino barato. ¿Vale la pena tirar todo eso por la borda por culpa del dinero?
El otro día, mi hermano Javier vino a cenar. Trajo una tortilla de patatas y una botella de vino.
—¿Y Sergio? —preguntó al ver que sólo estábamos nosotros dos en la mesa.
—Está trabajando —mentí. En realidad estaba jugando a la Play en el dormitorio.
Durante la cena, Javier me miró serio:
—Lucía, tienes que poner límites. No puedes seguir así toda la vida.
Le di la razón, pero por dentro sentí una mezcla de rabia y vergüenza. ¿Por qué me costaba tanto exigir lo que era justo?
Esa noche decidí hacer un experimento: dejé de comprar comida durante una semana. La nevera se fue vaciando poco a poco. El martes sólo quedaban dos yogures y un tomate pocho. El jueves, Sergio abrió la puerta del frigorífico y exclamó:
—¿No hay nada para cenar?
Me encogí de hombros.
—No he tenido tiempo de ir al súper —mentí.
Él suspiró y se puso una pizza congelada del fondo del congelador. No dijo nada más.
El viernes por la noche, después de cenar (otra vez pizza), me senté a su lado en el sofá.
—Sergio, tenemos que hablar —dije con voz firme.
Él me miró como si acabara de despertarse de un sueño largo.
—¿Qué pasa ahora?
—Estoy cansada —le dije—. Cansada de ser siempre yo la que se ocupa de todo. No es justo.
Se quedó callado unos segundos. Luego murmuró:
—No sabía que te molestaba tanto…
Sentí ganas de gritarle: «¡¿Cómo no lo vas a saber?!» Pero me contuve.
—Pues sí —respondí—. Me molesta mucho. Y si esto no cambia, no sé si quiero seguir así.
Por primera vez en mucho tiempo vi miedo en sus ojos. Se levantó y fue a su habitación sin decir nada más.
Esa noche no dormí apenas. Al día siguiente encontré una nota en la mesa:
«He ido al supermercado. Vuelvo enseguida.»
Cuando regresó traía bolsas llenas: leche, huevos, fruta… Hasta flores había comprado.
—Perdona —me dijo bajito—. No me daba cuenta… De verdad.
No sé si creerle o no. Quiero pensar que sí, pero algo dentro de mí se ha roto un poco.
Ahora cada vez que abro la nevera llena me pregunto: ¿Cuántas veces más tendré que recordarle lo que es justo? ¿Es posible cambiar a alguien o sólo nos engañamos creyendo que sí?
¿Vosotros qué haríais? ¿Hasta dónde aguantaríais por amor?