Nochevieja en la Calle Mayor: Entre el Ruido y el Silencio de Mi Matrimonio
—¿De verdad vas a quedarte ahí sentada toda la noche, Lucía? —La voz de Fernando retumba en el salón, más fuerte que los petardos que estallan en la calle Mayor.
No le respondo. Miro el reloj: son las once y media. Afuera, la gente grita, ríe, se abraza. Dentro, el silencio entre nosotros es tan denso que casi puedo masticarlo. Me abrazo las rodillas en el sofá, sintiendo el frío que se cuela por las rendijas de las ventanas viejas del piso. Fernando se pasea nervioso, copa en mano, con esa camisa azul que tanto le gusta y que yo le regalé hace años, cuando todavía creía que los detalles podían salvarnos.
—No entiendo por qué tienes que amargarme la noche —insiste—. Es Nochevieja, Lucía. ¡Nochevieja! ¿No puedes hacer un esfuerzo por una vez?
Sus palabras me atraviesan como cuchillas. ¿Un esfuerzo? ¿Acaso no llevo años esforzándome por encajar en su mundo de ruido y luces? ¿No he dejado atrás mis propias fiestas tranquilas, mis libros, mis paseos por el Retiro al atardecer, para acompañarle a cenas interminables con sus amigos, a reuniones donde apenas me escuchan?
—No quiero discutir, Fernando —susurro—. Solo quiero un poco de paz esta noche. Solo eso.
Él resopla y se sirve más vino. En la mesa, las uvas esperan en sus copas, alineadas como soldados antes de la batalla. Me fijo en los detalles: el mantel blanco con una mancha de vino tinto del año pasado, la vela medio consumida, el móvil de Fernando vibrando sin parar con mensajes de sus amigos: “¿Dónde estáis? ¡Venid ya!”
Recuerdo otras Nocheviejas. Cuando éramos novios y bailábamos en la cocina de mi madre, riendo por cualquier tontería. Cuando soñábamos con viajar a Granada o a Lisboa para comernos las uvas en otra plaza. Pero los sueños se fueron apagando poco a poco, como las luces del árbol de Navidad que este año ni siquiera hemos encendido.
Mi madre me llamaba siempre antes de las campanadas: “Hija, ¿estás bien? ¿Eres feliz?” Yo mentía. Decía que sí, que todo iba bien. Pero hoy no puedo mentirme más.
Fernando se acerca y me mira con esos ojos oscuros que antes me parecían refugio y ahora son tormenta.
—¿Sabes lo que pienso? Que te has vuelto una amargada. Que nunca te conformas con nada —escupe—. Si no quieres venir conmigo a casa de Raquel y Álvaro, quédate aquí sola. Pero no me arrastres contigo.
Me levanto despacio. Siento un nudo en la garganta. No sé si es rabia o tristeza o miedo. Quizá todo junto.
—No te arrastro a ningún sitio, Fernando. Solo quiero ser yo misma un rato. ¿Eso es tan grave?
Él coge el abrigo y sale dando un portazo. El eco resuena en el pasillo como un disparo. Me quedo sola con las uvas y el reloj marcando las doce menos cinco.
Miro mi reflejo en la ventana: una mujer de treinta y ocho años, con el pelo recogido a toda prisa y los ojos hinchados de tanto callar. ¿Cuándo dejé de ser Lucía para convertirme solo en «la mujer de Fernando»?
Las campanadas empiezan a sonar desde la Puerta del Sol, lejanas pero claras. Cojo una uva tras otra, sin pedir deseos. Solo quiero silencio. Solo quiero volver a sentirme viva.
El móvil vibra: es mi hermana Marta.
—¿Estás bien? —pregunta al oír mi voz temblorosa.
—No lo sé —respondo—. Creo que ya no sé quién soy.
Marta guarda silencio unos segundos.
—Ven mañana a casa. Hacemos cocido y hablamos tranquilas. No tienes que aguantar esto sola, Lucía.
Cuelgo y me echo a llorar. Lloro por todas las veces que he dicho sí cuando quería decir no; por todas las fiestas donde fingí sonreír; por todos los sueños guardados en cajas bajo la cama.
Afuera siguen los fuegos artificiales. Dentro solo queda el eco de mis propios pensamientos.
Me levanto y abro la ventana. El aire frío me golpea la cara y siento algo parecido a libertad. Por primera vez en mucho tiempo, no tengo miedo al silencio ni a estar sola.
Quizá esta sea mi verdadera Nochevieja: la noche en que decido dejar de desaparecer para empezar a buscarme otra vez.
¿Alguna vez habéis sentido que os perdéis en una relación? ¿Cuánto estamos dispuestos a sacrificar por mantener una falsa armonía?