El hombre que se cambiaba los calcetines cinco veces al día: una historia de amor, obsesión y desencuentro

—¿Otra vez, Sebastián? —le pregunté, casi suplicando, mientras él se quitaba los calcetines por cuarta vez ese día. El reloj de la cocina marcaba las seis y media de la tarde, y yo ya había perdido la cuenta de cuántas veces había visto esa escena. El sonido de la lavadora girando era el telón de fondo constante de nuestra vida.

Él ni siquiera me miró. Se limitó a encogerse de hombros, como si no entendiera el problema. —No puedo evitarlo, Lucía. Siento que si no lo hago, algo malo va a pasar. No me juzgues, por favor.

Me quedé en silencio, apretando la taza de café entre las manos. Recordé la primera vez que nos conocimos, en la feria de San Isidro en Madrid. Sebastián era el alma de la fiesta, siempre con una sonrisa, siempre dispuesto a bailar una sevillana aunque la música fuera flamenco. Me enamoré de su alegría, de su forma de mirar el mundo. Pero ahora, esa alegría se había transformado en una especie de ansiedad que lo devoraba por dentro.

—¿Te acuerdas de cuando íbamos al Retiro y te tumbabas en el césped sin preocuparte de nada? —le pregunté, intentando rescatar algo de aquel hombre del que me enamoré.

Él se sentó a mi lado, con los pies descalzos sobre el suelo frío de la cocina. —Eso era antes, Lucía. Antes de que todo se complicara.

No supe qué responder. Nuestra hija, Marta, entró corriendo en ese momento, con las mejillas sonrojadas y el uniforme del colegio arrugado. —¡Mamá, papá! ¿Vamos a cenar ya? Tengo hambre.

La miré y sentí una punzada de culpa. No quería que Marta creciera en una casa llena de tensiones y silencios. Pero tampoco sabía cómo romper el círculo vicioso en el que estábamos atrapados.

La obsesión de Sebastián había ido creciendo poco a poco. Al principio, solo era una manía simpática: se lavaba las manos cada vez que llegaba a casa, cambiaba de camiseta si sudaba un poco. Pero después de la pandemia, todo se intensificó. Empezó a cambiarse los calcetines varias veces al día, a desinfectar las llaves, el móvil, incluso los juguetes de Marta. Yo intenté comprenderlo, de verdad. Todos habíamos cambiado después de esos meses de encierro. Pero lo suyo era diferente. Era como si el miedo se hubiera instalado en su cabeza y no quisiera marcharse.

—¿Por qué no hablas con alguien? —le sugerí una noche, cuando ya no podía más. —Un psicólogo, un amigo, tu hermano…

Él me miró con ojos cansados. —¿Y qué les voy a decir? ¿Que no puedo dejar de pensar en los gérmenes, en la suciedad, en que algo horrible va a pasar si no hago las cosas bien? Me van a tomar por loco.

—No eres un loco, Sebastián. Solo necesitas ayuda. Todos la necesitamos a veces.

Pero él se encerró en sí mismo, como tantas otras veces. Yo me sentía sola, atrapada entre el deseo de ayudarle y la frustración de no poder hacerlo. Mis amigas me decían que tenía que ser paciente, que el amor lo podía todo. Pero yo ya no estaba tan segura.

Una tarde, después de recoger a Marta del colegio, la llevé al parque. Mientras ella jugaba en el tobogán, me encontré con Carmen, la vecina del tercero. —Te veo preocupada, Lucía. ¿Va todo bien en casa?

No pude evitarlo y rompí a llorar. Le conté todo, desde las discusiones hasta las noches en las que Sebastián dormía en el sofá porque sentía que la cama estaba «contaminada». Carmen me abrazó y me dijo que no estaba sola, que muchas familias estaban pasando por situaciones parecidas. —La vida no es perfecta, Lucía. Pero tampoco tienes que cargar con todo tú sola.

Esa noche, cuando Marta ya dormía, me senté frente a Sebastián. —No puedo más, Sebas. Te quiero, pero esto nos está destruyendo. No quiero que Marta crezca pensando que la vida es miedo y desconfianza.

Él bajó la cabeza. Por primera vez en mucho tiempo, le vi llorar. —No sé cómo salir de esto, Lucía. Me siento atrapado. Sé que te estoy perdiendo, pero no puedo parar.

Nos abrazamos, los dos temblando, como si el mundo se fuera a romper en mil pedazos. Decidimos buscar ayuda juntos. Fuimos a terapia de pareja, y Sebastián empezó a ver a un psicólogo. No fue fácil. Hubo recaídas, discusiones, días en los que pensé en rendirme. Pero poco a poco, las cosas empezaron a mejorar. Sebastián aprendió a controlar sus obsesiones, a confiar en mí, en Marta, en la vida.

A veces, todavía se cambia los calcetines más de lo normal. Pero ya no es una barrera entre nosotros. Ahora, cuando lo veo hacerlo, le sonrío y le digo: —¿Otra vez, Sebas? —y él me guiña un ojo, como antes.

No sé si el amor lo puede todo, pero sí sé que merece la pena luchar por él. ¿Vosotros qué pensáis? ¿Hasta dónde seríais capaces de llegar por alguien a quien amáis?