Dos bodas y un vacío: La historia de Lucía y su búsqueda interminable

—¿Otra vez llegas tarde, Lucía? —La voz de mi madre retumbaba en el pasillo, mezclada con el olor a cocido madrileño y la televisión encendida en el salón. Tenía diecisiete años y ya sentía que nunca era suficiente para ella. Siempre había una crítica, una comparación con mi hermana mayor, Carmen, la perfecta, la que nunca levantaba la voz ni se pintaba los labios de rojo.

Años después, en la universidad, conocí a Álvaro. Era atento, divertido y tenía esa sonrisa torcida que me hacía sentir especial. Me enamoré de la idea de ser amada, de ser el centro de su mundo. Cuando me propuso matrimonio en una terraza de Lavapiés, con las luces de la ciudad titilando detrás de nosotros, acepté sin dudarlo. Pensé: «Por fin alguien me va a tratar como merezco».

Pero la realidad fue otra. Álvaro trabajaba demasiadas horas en el bufete y yo me sentía sola en nuestro piso de Chamberí. Las cenas románticas se convirtieron en silencios incómodos frente al televisor. Yo le exigía atención, detalles, palabras bonitas. Él solo quería descansar. Una noche, después de una discusión absurda sobre quién debía sacar la basura, le grité:

—¿Por qué no puedes ser como los maridos de las películas? ¿Por qué no me adoras?

Él me miró con cansancio y dijo:

—Lucía, la vida no es una película. No puedo estar pendiente de ti todo el tiempo.

Intentamos tener hijos durante tres años. Cada mes era una montaña rusa de esperanza y decepción. Las visitas al ginecólogo se volvieron rutinarias. «Infertilidad inexplicada», dijeron los médicos. Yo sentía que mi valor como mujer se desmoronaba. Mi madre me llamaba para preguntar:

—¿Y para cuándo los nietos? Carmen ya tiene dos…

La presión era insoportable. Álvaro se volvió aún más distante. Una tarde, mientras recogía mis cosas del piso tras firmar el divorcio, mi hermana Carmen apareció para ayudarme.

—No pasa nada, Lucía —me dijo—. No todas tenemos que seguir el mismo camino.

Pero yo no quería escucharla. Sentía que había fracasado.

Pasaron dos años antes de que conociera a Sergio en una reunión de antiguos alumnos. Era pragmático, serio, ingeniero de caminos. No era romántico ni detallista, pero ofrecía estabilidad. Pensé que eso era lo que necesitaba: seguridad, una vida ordenada. Nos casamos en una ceremonia sencilla en el Retiro.

Con Sergio todo era práctico: las vacaciones se planificaban con meses de antelación, las cuentas estaban siempre al día, y los domingos eran para limpiar la casa y hacer la compra en el mercado de Maravillas. Pero yo seguía sintiendo ese vacío. No había pasión ni ternura, solo rutina.

Una noche, después de cenar tortilla y ensalada frente al telediario, le pregunté:

—¿Tú crees que somos felices?

Sergio dejó el tenedor y me miró sorprendido:

—No sé… ¿Hace falta ser feliz todo el tiempo? Estamos bien, ¿no?

Me fui a dormir con esa frase retumbando en mi cabeza. ¿Estar bien era suficiente? ¿Por qué yo necesitaba tanto más?

Intentamos tener hijos también, pero nada cambió. Los médicos repitieron lo mismo: «No hay explicación médica». Sergio no parecía afectado; decía que podíamos viajar más o adoptar un perro. Pero yo sentía que algo fundamental me faltaba.

Empecé a ir a terapia. La psicóloga, Marta, me preguntó un día:

—¿Por qué crees que necesitas ser adorada?

No supe qué responderle. Quizá porque nunca me sentí suficiente para mi madre. Quizá porque crecí viendo películas donde las mujeres eran rescatadas y veneradas por hombres perfectos.

Un domingo por la tarde, fui a visitar a mis padres en su piso de Vallecas. Mi madre seguía igual: criticando mi ropa, preguntando por qué no tenía hijos, comparándome con Carmen.

—Mamá —le dije al fin—, ¿alguna vez has estado satisfecha conmigo?

Se quedó callada unos segundos y luego suspiró:

—Siempre quise lo mejor para ti, Lucía. Pero quizá nunca supe cómo decírtelo.

Salí de allí sintiéndome ligera y triste a la vez. Caminé por las calles del barrio recordando mi infancia: los domingos en El Rastro, los veranos en Benidorm con mis primos, las peleas con Carmen por la última croqueta.

Esa noche hablé con Sergio:

—Creo que necesito estar sola una temporada. No sé quién soy fuera del papel de esposa o hija.

Él asintió sin enfadarse ni discutir. «Haz lo que necesites», me dijo.

Ahora vivo sola en un piso pequeño cerca del Parque del Oeste. He aprendido a disfrutar del silencio y de mi propia compañía. A veces echo de menos la idea del amor perfecto, pero ya no me obsesiona tanto.

Me pregunto si alguna vez dejaré de buscar fuera lo que solo puedo encontrar dentro de mí misma. ¿Cuántas mujeres como yo siguen esperando ser adoradas sin aprender a quererse primero? ¿Y tú? ¿Crees que es posible sentirse completa sin depender del amor de otro?