Bajo la piel de la verdad: La lucha de Iván por la paternidad

—¿Por qué no se parece a ti, Iván? —La voz de mi madre retumbó en el salón, cortando el aire como un cuchillo. Mi mujer, Lucía, se quedó helada. Mi hijo, Diego, jugaba ajeno a todo en el suelo, con sus coches de juguete. Yo sentí cómo la sangre me abandonaba el rostro.

No era la primera vez que escuchaba ese comentario. En el barrio, en el parque, incluso en el colegio, siempre había alguien que señalaba lo mismo: Diego tenía los ojos verdes como los de Lucía, pero su pelo era rubio y su piel mucho más clara que la mía. Yo siempre respondía con una sonrisa forzada, pero esa tarde, después de la comida familiar del domingo, las palabras de mi madre me atravesaron.

—Mamá, por favor —intenté zanjar el tema—. No digas tonterías delante del niño.

Pero ella insistió:

—Iván, hijo, sólo quiero lo mejor para ti. Ya sabes cómo es este barrio. La gente habla.

Lucía se levantó bruscamente y fue a la cocina. Escuché cómo abría el grifo con fuerza. Mi padre me miró en silencio, con esa expresión suya de resignación que tanto odiaba. Me levanté y fui tras Lucía.

—¿Estás bien? —le pregunté en voz baja.

Ella no me miró. Se quedó de espaldas, lavando platos que ya estaban limpios.

—No puedo más con esto, Iván —susurró—. Siempre lo mismo…

Esa noche, mientras Diego dormía, Lucía y yo discutimos como nunca antes. Yo quería defenderla, creer en ella, pero la semilla de la duda ya estaba plantada. ¿Y si mi madre tenía razón? ¿Y si Diego no era mi hijo?

Los días siguientes fueron un infierno. Empecé a fijarme en cada detalle: la forma de sus orejas, su manera de reírse, sus gestos. Todo me parecía extraño. Me sentía un monstruo por desconfiar de Lucía y de mi propio hijo, pero no podía evitarlo.

Una tarde, después de recoger a Diego del colegio, me encontré con Raúl en el bar del barrio. Raúl había sido amigo mío desde pequeños, pero hacía tiempo que notaba algo raro entre él y Lucía. Siempre se reían juntos, compartían miradas cómplices…

—¿Qué tal todo, Iván? —me preguntó mientras se encendía un cigarro.

—Bien —mentí—. ¿Y tú?

—Ya ves… —dijo encogiéndose de hombros—. Oye, ¿te apetece una caña?

Acepté solo para observarle mejor. ¿Sería posible? ¿Podría Raúl ser el padre de Diego? La idea me golpeó como una bofetada. Me sentí sucio por pensarlo, pero no podía quitármelo de la cabeza.

Esa noche no dormí. Miré a Lucía mientras dormía y sentí rabia y tristeza al mismo tiempo. Al día siguiente, sin decirle nada a nadie, fui a una clínica privada y pedí una prueba de paternidad. Me dieron cita para el viernes siguiente.

Los días pasaron lentos y pesados. Cada vez que veía a Diego jugar o reírse conmigo, sentía una punzada en el pecho. ¿Y si todo era mentira? ¿Y si había estado viviendo una farsa durante seis años?

El viernes llegó y fui con Diego a la clínica. Le dije que era para un chequeo rutinario. Cuando le sacaron sangre, él lloró y yo casi lloro con él.

Una semana después recibí los resultados en un sobre cerrado. Lo abrí solo en el coche, aparcado frente al parque donde solíamos ir los tres juntos los domingos.

«No existe compatibilidad genética entre Iván García López y Diego García Martínez».

Sentí que el mundo se desmoronaba bajo mis pies. Lloré como un niño pequeño dentro del coche. No sé cuánto tiempo estuve allí antes de volver a casa.

Cuando llegué, Lucía estaba preparando la cena. Me miró y supo que algo iba mal.

—¿Qué pasa?

Le tendí el sobre sin decir nada. Ella lo abrió y palideció al leerlo.

—Iván…

—¿De quién es? —le pregunté con la voz rota.

Lucía se derrumbó en el suelo y empezó a llorar desconsoladamente.

—Fue solo una vez… Fue Raúl… Yo… Yo te quería a ti… Pero tú estabas siempre trabajando… Yo me sentía sola…

Sentí ganas de gritarle, de romperlo todo, pero Diego apareció en ese momento en la puerta del salón.

—¿Papá? ¿Por qué llora mamá?

Me arrodillé frente a él y le abracé con todas mis fuerzas. No podía dejar de llorar.

Esa noche dormí en el sofá. Lucía se encerró en la habitación con Diego. No pude pegar ojo pensando en qué hacer. ¿Debía marcharme? ¿Debía echarlos? ¿Cómo iba a mirar a Diego a los ojos sabiendo que no era mi hijo?

Pasaron los días y las noches sin apenas hablar con Lucía. Raúl intentó llamarme varias veces pero no contesté. Mi madre vino a casa y al verla entendió todo sin que yo tuviera que decirle nada.

Una tarde llevé a Diego al parque como siempre. Jugamos al fútbol y nos reímos como antes. En un momento dado me miró muy serio y me dijo:

—Papá, ¿tú me quieres?

Sentí que se me partía el alma.

—Claro que te quiero, hijo —le respondí abrazándole fuerte—. Siempre te querré.

Esa noche hablé con Lucía. Le dije que necesitaba tiempo para pensar pero que nunca dejaría solo a Diego. Ella lloró y me pidió perdón una vez más.

Hoy han pasado seis meses desde aquel día. Lucía y yo estamos separados pero mantenemos una relación cordial por Diego. Raúl ha intentado acercarse pero no he sido capaz de perdonarle aún. Diego sigue siendo mi hijo aunque no lleve mi sangre.

A veces me pregunto: ¿Qué significa ser padre realmente? ¿La sangre o el amor? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?