Las rosas que nunca fueron mías

—¿Para quién son esas flores, Tomás? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras el cuchillo resbalaba entre mis dedos y la piel de la patata caía sobre el mármol frío.

Él sonrió, como si no notara la tensión en mi pregunta. —Para ti, Lucía. ¿Para quién más iban a ser?

Pero yo sabía que algo no encajaba. Tomás no era de esos hombres que traen flores porque sí. Llevábamos quince años casados y, salvo por nuestro aniversario o mi cumpleaños, jamás había tenido ese detalle. Aun así, cogí el ramo y aspiré su aroma intenso, intentando convencerme de que era cierto, de que aún podía sorprenderme.

La tarde siguió su curso entre silencios y miradas esquivas. Mi hija, Marta, llegó del instituto y se encerró en su cuarto sin apenas saludar. Tomás se sentó frente al televisor, cambiando de canal sin prestar atención a nada. Yo terminé de preparar la cena, pero el olor de las rosas seguía flotando en el aire, mezclándose con el del guiso y la sospecha.

No pude evitarlo. Cuando Tomás fue a ducharse, rebusqué en su chaqueta. Allí estaba: un recibo arrugado de la floristería del barrio. Pero lo que me heló la sangre fue la nota escrita a mano: “Para ti, como prometí. —T.”

No era mi letra. No era mi ramo.

Esa noche apenas dormí. Escuchaba su respiración tranquila a mi lado y me preguntaba desde cuándo había dejado de ser suficiente para él. Recordé los días en que nos conocimos en la universidad de Salamanca, cómo me hacía reír en los pasillos y cómo prometimos que nunca dejaríamos que la rutina nos venciera. Pero la vida se encargó de lo contrario: hipoteca, trabajo, hijos, facturas…

A la mañana siguiente, mientras Marta desayunaba en silencio y Tomás hojeaba el periódico como si nada hubiera pasado, sentí una rabia sorda crecer dentro de mí.

—¿Quién es? —le solté de golpe.

Él levantó la vista, sorprendido.

—¿De qué hablas?

—No te hagas el tonto. Sé que esas flores no eran para mí.

El silencio se hizo espeso. Marta dejó la cuchara en el bol y nos miró con los ojos muy abiertos.

Tomás suspiró y bajó la cabeza.

—No es lo que piensas…

—¿Ah, no? ¿Entonces qué es? ¿Una amiga? ¿Una compañera del trabajo? —Mi voz temblaba entre el dolor y la rabia.

—Lucía… —empezó él, pero no terminó la frase.

Marta salió corriendo de la cocina y yo me quedé allí, sintiendo cómo el suelo se abría bajo mis pies.

Durante días evitamos hablar del tema. Él salía temprano y volvía tarde; yo me refugiaba en mi trabajo en la biblioteca municipal y en las tareas del hogar. Marta apenas me dirigía la palabra. El ambiente en casa era irrespirable.

Una tarde, mientras ordenaba los libros en la biblioteca, vi entrar a Tomás acompañado de una mujer rubia, elegante, con una sonrisa nerviosa. Se detuvieron frente a la sección de poesía y él le entregó un libro envuelto en papel azul. Ella lo abrazó brevemente y salieron juntos.

Sentí una punzada en el pecho. No podía seguir fingiendo que no pasaba nada.

Esa noche le esperé despierta.

—¿La quieres? —le pregunté cuando entró en casa.

Él se quedó parado en el umbral del salón, derrotado.

—No lo sé —susurró—. Todo se ha vuelto tan complicado…

—¿Y yo? ¿Y Marta? ¿Dónde quedamos nosotras?

Se sentó a mi lado y por primera vez en mucho tiempo le vi llorar.

—No quería haceros daño. Me sentía solo… perdido… Y ella apareció justo cuando más lo necesitaba.

Me dolió escucharle, pero también entendí algo: hacía años que no hablábamos de verdad. Que no nos mirábamos a los ojos ni compartíamos nuestras preocupaciones. La rutina nos había devorado poco a poco.

Pasaron semanas antes de que tomáramos una decisión. Fuimos juntos a terapia de pareja; hablamos mucho, lloramos más aún. Marta también necesitó ayuda para entender lo que estaba pasando entre sus padres.

No fue fácil perdonar ni reconstruir la confianza. A veces pienso que nunca volveremos a ser los mismos. Pero aprendí a mirarme al espejo y preguntarme qué quiero yo, más allá de ser esposa o madre.

Hoy las rosas siguen marchitándose en un jarrón sobre la mesa del salón. No las he tirado todavía; son un recordatorio de lo frágil que puede ser todo y de lo importante que es hablar antes de que sea demasiado tarde.

A veces me pregunto: ¿cuántas familias viven atrapadas en silencios como el nuestro? ¿Cuántas mujeres han recibido flores que nunca fueron realmente para ellas?