Cuando el silencio pesa más que las palabras: Un reencuentro en el supermercado

—¿Marta? ¡No me lo puedo creer! —La voz de Lucía retumbó en el pasillo de los yogures, tan fuerte que varias cabezas se giraron. Yo llevaba la mascarilla medio bajada y un carrito medio vacío, pero no tuve tiempo ni de reaccionar antes de que ella me abrazara con ese entusiasmo que siempre la había caracterizado.

—Lucía… —dije, intentando sonar natural, aunque por dentro sentía un nudo en el estómago. Hacía seis meses que no hablábamos. Seis meses desde aquel mensaje suyo que nunca respondí porque, sinceramente, ya no sabía qué decirle.

—¡Qué casualidad! Justo estaba pensando en ti el otro día. ¿Te acuerdas de cuando veníamos aquí después de clase y nos reíamos de los dependientes? —soltó una carcajada, pero yo solo sonreí con los labios apretados.

Me fijé en su carrito: productos ecológicos, una botella de vino caro, flores frescas. Lucía siempre había tenido ese aire de superioridad, pero antes me hacía gracia. Ahora solo me resultaba ajeno.

—¿Y tú qué tal? —preguntó, pero antes de que pudiera responder, ya estaba hablando de su nuevo trabajo en una galería del centro, de su novio arquitecto, de las cenas con amigos en Malasaña. Yo asentía, sintiéndome cada vez más pequeña, como si mi vida —mi trabajo en la biblioteca del barrio, mis tardes solitarias viendo series— no tuviera ningún valor.

—¿Sigues con Sergio? —preguntó de repente.

—No… lo dejamos hace unos meses —respondí, bajando la mirada. No quería entrar en detalles, pero ella ni siquiera pareció escucharme.

—Bueno, ya sabes cómo son los hombres. Yo a veces pienso que si no fuera por Álvaro… En fin, ¡tienes que venir a casa! Hacemos una cena este viernes, va a estar todo el mundo. Bueno, menos Paula, que está fatal con lo del divorcio…

La miré y sentí una punzada de rabia. ¿Todo el mundo? ¿Desde cuándo yo era parte de ese «todo el mundo»? Recordé las veces que le escribí para quedar y nunca tenía tiempo. Las veces que me contó sus problemas durante horas y luego desaparecía cuando yo necesitaba hablar.

—No sé si podré… —dije, intentando sonar evasiva.

Ella siguió hablando como si nada. Me contó lo difícil que era encontrar piso en Madrid, lo caro que estaba todo, lo mucho que le costaba compaginar el trabajo con el máster. Yo escuchaba en silencio, sintiendo cómo cada palabra suya me alejaba más y más.

De repente, me vi reflejada en la puerta del frigorífico: ojeras marcadas, pelo recogido a toda prisa, ropa sencilla. Lucía parecía sacada de una revista. Me pregunté cuándo habíamos dejado de ser amigas y nos habíamos convertido en dos desconocidas con recuerdos compartidos.

—Bueno, tengo prisa —dije al fin—. Me alegro de verte, Lucía.

Ella me abrazó otra vez y me susurró al oído:

—No desaparezcas tanto, ¿vale? Te echo de menos.

Salí del supermercado con el corazón encogido. Caminé por la calle Fuencarral sin rumbo fijo, repasando mentalmente nuestra conversación. Me di cuenta de que no sabía nada nuevo sobre mí; solo había escuchado su monólogo interminable sobre su vida perfecta y sus dramas de película.

Esa noche llamé a mi madre. Le conté lo del encuentro y ella suspiró al otro lado del teléfono:

—Las amistades cambian, hija. A veces hay que dejar ir para poder avanzar.

Colgué y me senté en la ventana a ver las luces de Madrid. Pensé en todas las veces que fui la amiga comprensiva, la que escucha sin ser escuchada. Pensé en las tardes eternas en cafeterías del centro, en los paseos por El Retiro hablando de sueños que nunca se cumplieron.

Me pregunté si alguna vez fui realmente importante para Lucía o si solo era un personaje secundario en su historia. ¿Cuántas veces nos quedamos atrapados en relaciones que ya no nos aportan nada por miedo a estar solos?

Quizá ha llegado el momento de ser la protagonista de mi propia vida.

¿Os ha pasado alguna vez algo parecido? ¿Habéis sentido que solo sois figurantes en la vida de alguien a quien considerabais amigo?