Eché a mi madrastra tras la muerte de mi padre: ¿fui demasiado cruel?
—No puedes quedarte aquí, Carmen. Lo siento, pero no puedo más.
Mi voz temblaba, pero no de miedo, sino de rabia contenida. Era la noche después del entierro de mi padre. El salón olía a flores marchitas y a café frío. Mi tía Mercedes lloraba en la cocina, mi primo Luis evitaba mirarme a los ojos. Carmen, mi madrastra desde hacía seis años, se quedó de pie frente a mí, con la cara pálida y los ojos rojos.
—¿Cómo puedes decirme eso hoy? —susurró ella, como si le faltara el aire—. Tu padre no querría esto.
No respondí. Me limité a apretar los puños. Desde que Carmen entró en nuestras vidas, todo cambió. Mi madre murió cuando yo tenía doce años y, aunque mi padre intentó rehacer su vida, yo nunca acepté del todo a Carmen. Siempre sentí que ocupaba un lugar que no le correspondía.
Durante el velatorio, los comentarios de los vecinos me taladraban la cabeza: “Pobre chica, quedarse sola tan joven”, “Carmen siempre fue una buena mujer”, “¿Y ahora qué pasará con la casa?”. Nadie preguntaba cómo me sentía yo. Nadie parecía recordar que esa era mi casa antes de que Carmen llegara.
Esa noche, cuando todos se fueron, Carmen y yo nos quedamos solas en el salón. Ella intentó acercarse, ponerme una mano en el hombro. Yo me aparté.
—No quiero discutir —dijo ella—. Sé que esto es difícil para ti… para las dos.
—¿Difícil? —le corté—. Tú tienes a tu familia en Salamanca. Puedes volver con ellos. Yo… yo solo tengo esta casa. Es lo único que me queda de papá y mamá.
Carmen se sentó en el sofá y se tapó la cara con las manos. Por un momento sentí lástima, pero la rabia era más fuerte. Recordé todas las veces que discutimos por tonterías: por la comida, por los horarios, por las fotos de mi madre que ella guardó en un cajón sin consultarme.
—¿De verdad quieres que me vaya? —preguntó al cabo de un rato, con la voz rota.
—Sí —dije sin mirarla—. Quiero estar sola. Necesito tiempo para mí.
Al día siguiente, Carmen hizo las maletas en silencio. Mi tía Mercedes vino temprano y me miró con desaprobación.
—No tienes corazón, Lucía —me dijo mientras ayudaba a Carmen con las bolsas—. Tu padre estaría avergonzado.
Me mordí el labio para no llorar. ¿Por qué todos defendían a Carmen? ¿Por qué nadie entendía mi dolor?
Durante semanas, los mensajes de mis primos y tíos no cesaron:
“Lucía, deberías dejarla quedarse hasta que se recupere.”
“¿No ves que está sola?”
“Piensa en lo que haría tu madre.”
Pero nadie pensaba en mí. Nadie sabía lo sola que me sentía en esa casa enorme y vacía. Por las noches recorría los pasillos oscuros buscando algo de consuelo en las fotos antiguas o en el olor a colonia de mi padre en el armario.
Un día encontré una carta de mi padre dirigida a Carmen. Decía: “Gracias por cuidar de Lucía cuando yo no podía”. Me sentí traicionada y al mismo tiempo culpable. ¿Había sido injusta? ¿Había echado a la única persona que realmente se preocupaba por mí?
La culpa me carcomía por dentro. Empecé a tener pesadillas: veía a mi padre mirándome decepcionado desde el otro lado del salón, veía a Carmen llorando en la estación de autobuses mientras yo le daba la espalda.
Un domingo por la tarde llamé a Carmen. Tardó en contestar.
—¿Sí?
—Soy yo… Lucía.
Silencio al otro lado.
—Solo quería saber cómo estabas —balbuceé—. Siento cómo fueron las cosas…
Carmen suspiró.
—No te preocupes, Lucía. Entiendo que estés enfadada… Yo también lo estoy. Pero tu padre te quería mucho. No dejes que el rencor te consuma.
Colgué sin saber qué sentir. ¿Era rencor lo mío? ¿O solo miedo a perder lo poco que me quedaba?
Hoy la casa sigue vacía y fría. Mis familiares apenas me llaman ya. A veces pienso en buscar a Carmen y pedirle perdón, pero no sé si sería capaz de mirarla a los ojos después de todo lo que pasó.
¿Fui demasiado cruel? ¿O simplemente humana? ¿Qué habríais hecho vosotros en mi lugar?