Nuestros vecinos convirtieron nuestro hogar soñado en una pesadilla: la policía ya era de la familia

—¡Marta, otra vez están gritando!— susurré, apretando los puños mientras la voz de mi hija temblaba al otro lado del pasillo. Eran las dos de la madrugada y los gritos de los vecinos del tercero, los Ortega, retumbaban por todo el edificio. No era la primera vez. De hecho, ya había perdido la cuenta de las noches en vela desde que nos mudamos a este piso en el barrio de Chamberí, en Madrid.

Cuando compramos este piso, Marta y yo pensábamos que era el lugar perfecto para criar a nuestra hija Lucía. Un barrio céntrico, con parques cerca, colegios buenos y ese aire castizo que tanto nos gustaba. Pero desde el primer día, algo no encajaba. El portazo de bienvenida de los Ortega, la mirada fría de la señora Carmen del primero, y los cuchicheos de los hermanos Ruiz en el rellano. Pensé que eran imaginaciones mías, que con el tiempo todo mejoraría. Qué ingenuo fui.

La primera vez que llamamos a la policía fue por una fiesta. Era un jueves cualquiera, y los Ortega tenían la música tan alta que las paredes vibraban. Bajé a pedirles, con toda la educación del mundo, que bajaran el volumen. Me abrió la puerta Antonio Ortega, un hombre de unos cincuenta años, con la camisa desabrochada y una copa de whisky en la mano. —¿Tienes algún problema, chaval?— me espetó, mientras detrás de él se escuchaban risas y el estruendo de una canción de Sabina. Intenté explicarle que mi hija tenía que dormir, que al día siguiente tenía examen. Se rió en mi cara y me cerró la puerta. Aquella noche, la policía vino por primera vez. No sirvió de nada.

A partir de ahí, todo fue a peor. Los Ortega parecían disfrutar molestándonos. Dejaban basura en el rellano, ponían la música aún más alta los fines de semana, y una vez incluso encontré a su perro haciendo sus necesidades justo en nuestra alfombra de la entrada. Marta empezó a tener ansiedad, Lucía se despertaba llorando casi todas las noches. Yo me sentía impotente, atrapado en una pesadilla de la que no podía despertar.

Intenté hablar con la comunidad, pero la señora Carmen, presidenta de la escalera, me miró por encima de las gafas y me soltó: —Aquí siempre ha habido jaleo, hijo. Si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta.— Me sentí solo, como si todo el edificio estuviera en mi contra. Los hermanos Ruiz, que vivían justo encima de nosotros, tampoco ayudaban. Se pasaban el día arrastrando muebles, golpeando el suelo y, por las noches, parecía que jugaban a los bolos en su salón. Una vez subí a pedirles que tuvieran cuidado, y me encontré con un adolescente, Sergio, que me miró desafiante y me dijo: —Si no te gusta, vete a un chalet.—

La tensión fue creciendo. Marta y yo discutíamos cada vez más. Ella quería mudarse, pero yo me negaba a rendirme. Habíamos invertido todos nuestros ahorros en este piso, era nuestro hogar, nuestro sueño. ¿Cómo podía dejar que nos echaran? Pero cada día era más difícil. Una tarde, al volver del trabajo, encontré la puerta de casa rayada con una navaja. «Fuera pijos», ponía. Sentí un nudo en el estómago. ¿Hasta dónde iban a llegar?

La policía se convirtió en parte de nuestra rutina. Venían casi cada semana, a veces por las fiestas, otras por peleas entre los Ortega y los Ruiz. Una noche, incluso hubo una pelea en el portal. Antonio Ortega y Sergio Ruiz se liaron a puñetazos. Lucía lo vio todo desde la ventana y estuvo semanas sin querer salir de casa. La policía tomó declaraciones, pero nunca pasó nada. Los Ortega seguían allí, los Ruiz también, y nosotros cada vez más aislados.

Intenté buscar apoyo en el colegio de Lucía, pero la directora me dijo que no podía hacer nada, que los problemas de la comunidad no eran asunto suyo. Marta empezó a irse los fines de semana a casa de su madre en Toledo, y yo me quedaba solo en un piso que ya no sentía mío. Empecé a beber más de la cuenta, a dormir menos. Me sentía derrotado.

Un día, Marta me miró a los ojos y me dijo: —No puedo más, Diego. No quiero que Lucía crezca en este ambiente. O nos vamos, o me voy yo.— Sentí que el mundo se me venía encima. ¿Cómo podía elegir entre mi familia y mi orgullo? ¿Entre el sueño de toda una vida y la realidad insoportable de cada día?

Esa noche, mientras escuchaba los gritos de los Ortega y los golpes de los Ruiz, me senté en el sofá y lloré. Lloré como no lo hacía desde niño. Pensé en todo lo que habíamos sacrificado para tener este piso, en las ilusiones, en los planes. Y me di cuenta de que nada de eso valía la pena si mi familia no era feliz.

Al día siguiente, llamé a una inmobiliaria. Marta lloró de alivio, Lucía me abrazó como hacía tiempo que no lo hacía. Nos fuimos de aquel piso con lo puesto, dejando atrás muebles, recuerdos y una parte de nosotros mismos. Ahora vivimos en un pequeño piso en las afueras, lejos del bullicio y de los Ortega. No es el hogar soñado, pero al menos dormimos tranquilos.

A veces me pregunto si hice bien, si debí luchar más, si debí enfrentarme a los vecinos o a la comunidad. ¿Cuántos más estarán viviendo una pesadilla parecida? ¿Por qué tenemos que renunciar a nuestros sueños por culpa de otros? ¿Y vosotros, qué haríais en mi lugar?