Siempre estuve para ti, Anabel. ¿Y tú, dónde estabas cuando te necesité?

—¿Sabes lo que me ha dicho el jefe hoy? Que si no termino el informe antes del viernes, me lo descuentan del sueldo. ¡Como si no tuviera ya suficiente con lo de Marcos! —La voz de Anabel retumbaba en mi oído, como tantas otras veces. Yo, sentada en la mesa de la cocina, removía el café con la cuchara, intentando no pensar en la llamada que acababa de recibir del hospital sobre mi madre.

—Anabel, ¿puedes esperar un segundo? Es que… —intenté decirle, pero ella siguió hablando, como si no me hubiera escuchado.

Así era nuestra amistad. O, mejor dicho, así era ella. Yo era la que escuchaba, la que aconsejaba, la que siempre tenía un hombro dispuesto. Nos conocimos en la oficina de correos de Salamanca, hace casi veinte años. Ambas recién divorciadas, con hijos adolescentes y el corazón hecho trizas. Al principio, solo compartíamos el café de media mañana y alguna que otra confidencia sobre los exmaridos. Pero pronto, las tardes de viernes se convirtieron en cenas improvisadas, y los domingos en paseos por la ribera del Tormes.

Anabel era pura energía, un torbellino de emociones. Yo, en cambio, siempre fui más reservada, más de escuchar que de hablar. Ella me llamaba su «ancla», su «punto de equilibrio». Y yo, aunque a veces me sentía agotada, no podía negarle nada. Cuando su hija, Lucía, suspendió el curso y amenazó con irse de casa, fue a mí a quien llamó a las dos de la madrugada. Cuando su exmarido dejó de pasar la pensión, fui yo quien le ayudó a hacer cuentas y buscar soluciones. Incluso cuando su jefe la humilló delante de todos, fui yo quien la convenció de no dejar el trabajo.

Pero la vida, como bien sabemos, no es siempre justa. Hace unos meses, mi madre empezó a perder la memoria. Al principio eran pequeños despistes: las llaves, la cartera, el nombre de algún vecino. Pero pronto los olvidos se convirtieron en ausencias, y las ausencias en miedo. Yo, que siempre había sido fuerte para los demás, me sentí de repente pequeña, vulnerable, sola. Necesitaba hablar, desahogarme, sentir que alguien me sostenía.

—Anabel, ¿puedes venir esta tarde? —le pregunté un día, con la voz temblorosa—. Es que… estoy un poco desbordada con lo de mi madre.

Al otro lado del teléfono, silencio. Luego, un suspiro.

—Ay, Marta, de verdad, no tengo fuerzas para tus problemas ahora. Bastante tengo con los míos. ¿Por qué no hablas con tu hermana? —me dijo, casi molesta.

Sentí un nudo en la garganta. No era la primera vez que me lo decía, pero sí la primera que me dolía tanto. Colgué el teléfono y me quedé mirando la foto de nuestras vacaciones en Cádiz, hace tres veranos. Sonreíamos, abrazadas, como si nada pudiera separarnos.

Los días siguientes, intenté convencerme de que era una mala racha, que Anabel volvería a ser la de siempre. Pero cada vez que la llamaba, tenía una excusa: el trabajo, Lucía, el cansancio. Empecé a notar cómo la distancia crecía entre nosotras, cómo las conversaciones se volvían superficiales, casi forzadas. Yo seguía escuchando sus problemas, pero ya no me sentía capaz de compartir los míos.

Mi hermana, Carmen, me lo advirtió:

—Marta, siempre has sido tú la que da. ¿No crees que ya es hora de pensar un poco en ti?

Pero yo no quería rendirme. La amistad, para mí, era sagrada. Habíamos pasado juntas tantas cosas… ¿Cómo podía dejarlo todo por un mal momento?

Una tarde, después de una visita especialmente dura al médico con mi madre, decidí pasar por casa de Anabel sin avisar. Necesitaba verla, hablar, sentir que no estaba sola. Llamé al timbre y, cuando abrió la puerta, vi en sus ojos una mezcla de sorpresa y fastidio.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó, sin invitarme a pasar.

—Necesitaba verte. Estoy… estoy muy mal, Anabel. Mi madre… —no pude seguir. Las lágrimas me ahogaban.

Ella suspiró, cruzó los brazos y miró el reloj.

—Marta, de verdad, hoy no puedo. Tengo a Lucía con fiebre y el jefe me ha pedido un informe urgente. ¿No puedes venir otro día?

Me quedé allí, en el rellano, sintiéndome más sola que nunca. Bajé las escaleras sin mirar atrás, con el corazón hecho pedazos.

Esa noche, mientras preparaba la cena para mi madre, pensé en todas las veces que yo había dejado todo por Anabel. En las noches sin dormir, en los consejos, en los abrazos. Y me pregunté si alguna vez ella había hecho lo mismo por mí.

Los días pasaron y, poco a poco, dejé de llamarla. Ella tampoco me buscó. En el trabajo, nos cruzábamos sin mirarnos. Los viernes por la tarde, el café se enfriaba solo en mi taza. Mi madre empeoraba, y yo aprendí a apoyarme en Carmen, en mis hijos, en mí misma.

Un mes después, recibí un mensaje de Anabel: “¿Estás enfadada conmigo? Te echo de menos”. Lo leí una y otra vez, sin saber qué responder. ¿Era justo culparla? ¿O era yo la que había esperado demasiado?

Hoy, sentada en el banco del parque donde tantas veces charlamos, me pregunto si la amistad es realmente incondicional, o si, como todo en la vida, tiene límites. ¿Cuántas veces hay que dar antes de dejar de esperar? ¿Y cuándo es el momento de pensar en una misma, aunque duela?

¿Os ha pasado alguna vez algo así? ¿Hasta dónde llegaríais por una amiga?