Entre la Rutina y el Deseo: La Historia de Tomás

—Tomás, ¿te has dado cuenta de que tu mujer no te aprecia? —me soltó Clara, mi nueva compañera de trabajo, mientras revisábamos unos informes en la oficina. La frase me golpeó como un jarro de agua fría. No supe qué responderle. Me limité a mirar la pantalla del ordenador, fingiendo concentración, pero por dentro sentí cómo se removía algo que llevaba tiempo dormido.

Llevo quince años trabajando en la misma empresa de seguros en Madrid. Mi vida es una sucesión de días idénticos: llego al trabajo, saludo a las mismas caras, analizo datos hasta que los números bailan ante mis ojos, y vuelvo a casa donde mi mujer, Lucía, suele estar viendo alguna serie o hablando por teléfono con su madre. Hace meses que no cenamos juntos sin el móvil de por medio, y los fines de semana se han convertido en una rutina de compras y silencios incómodos.

Clara llegó hace apenas dos semanas. Es de Sevilla, tiene una risa contagiosa y una forma de mirar que parece atravesarte. El primer día que la presentaron, noté cómo todos los hombres del departamento se ponían nerviosos a su alrededor. Yo, en cambio, me limité a darle la mano y a volver a mi Excel. No buscaba nada nuevo; ni siquiera sabía que algo me faltaba.

Pero aquella tarde, después de su comentario, no pude dejar de pensar en lo que había dicho. ¿De verdad Lucía no me aprecia? ¿O soy yo quien ha dejado de esforzarse? Cuando salimos del trabajo, Clara me alcanzó en la puerta.

—¿Te apetece dar un paseo por el Retiro? Hace buena tarde y necesito despejarme —me dijo con una sonrisa.

Dudé unos segundos. Mi tren salía en media hora y Lucía esperaba que llegara para cenar. Pero algo en mí necesitaba ese aire fresco, esa conversación distinta. Acepté.

Caminamos entre los árboles mientras el sol caía sobre Madrid. Clara hablaba de su vida en Sevilla, de cómo había dejado a su novio porque sentía que él no la escuchaba. Yo le conté cosas que ni siquiera recordaba haber pensado: cómo echo de menos las cenas largas con Lucía, cómo me siento invisible en mi propia casa.

—¿Y nunca has pensado en cambiar algo? —me preguntó Clara, deteniéndose junto a un banco.

—No sé… Supongo que sí, pero no sé por dónde empezar —respondí.

Ella me miró fijamente.

—A veces hay que atreverse a romper la rutina. Si no lo haces tú, nadie lo hará por ti.

Esa frase se quedó conmigo toda la noche. Cuando llegué a casa, Lucía estaba en el sofá, absorta en su móvil. Ni siquiera levantó la vista cuando entré.

—¿Has cenado? —preguntó sin apartar la mirada de la pantalla.

—No. ¿Cenamos juntos? —sugerí, intentando sonar casual.

—Tengo poca hambre. Me he hecho una ensalada antes —respondió seca.

Me senté a su lado, pero el silencio era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Pensé en Clara y en lo fácil que había sido hablar con ella. Me sentí culpable al comparar a las dos mujeres, pero no pude evitarlo.

Los días siguientes busqué excusas para cruzarme con Clara en la oficina. Un café aquí, un comentario allá. Ella siempre tenía una palabra amable o una broma lista para hacerme reír. Empecé a llegar más tarde a casa; Lucía ni siquiera parecía notarlo.

Una tarde, mientras recogía mis cosas para irme, Clara se acercó y me susurró:

—¿Te apetece tomar algo? Hay un bar cerca donde ponen unas tapas buenísimas.

Sentí una mezcla de emoción y miedo. Sabía que estaba cruzando una línea peligrosa, pero la tentación era demasiado fuerte. Fuimos al bar y entre risas y confidencias, Clara puso su mano sobre la mía.

—Tomás… No quiero meterme donde no me llaman, pero mereces ser feliz —dijo suavemente.

Esa noche apenas dormí. Me debatía entre el deseo y la culpa. Al día siguiente, Lucía me esperó despierta.

—¿Dónde estabas? —preguntó con voz tensa.

—Con unos compañeros del trabajo —mentí.

Ella me miró largo rato antes de decir:

—¿Hay algo que quieras contarme?

Negué con la cabeza y subí al dormitorio. Sentí que algo se rompía entre nosotros, algo que quizá llevaba tiempo agrietado sin que yo lo viera.

Pasaron las semanas y mi relación con Clara se volvió más intensa. No hubo besos ni caricias, pero cada conversación era una traición silenciosa a mi matrimonio. Empecé a preguntarme si realmente quería seguir con Lucía o si solo tenía miedo a estar solo.

Un viernes por la tarde, Clara me propuso escaparnos un fin de semana a Toledo. Dijo que necesitaba salir de Madrid y que le haría ilusión ir conmigo. Me quedé helado; era la primera vez que alguien me pedía algo así desde hacía años.

Esa noche enfrenté a Lucía en el salón.

—Lucía… ¿Tú crees que estamos bien? —pregunté con voz temblorosa.

Ella dejó el móvil y me miró como si acabara de despertarse de un sueño largo.

—No lo sé, Tomás. Últimamente siento que vivimos juntos pero no compartimos nada —admitió con lágrimas en los ojos.

Nos quedamos callados mucho rato. Por primera vez en meses hablamos de verdad: del cansancio, del miedo a perder lo poco que nos quedaba, del dolor de sentirnos solos estando juntos.

No sé qué pasará ahora. No sé si elegiré quedarme e intentar reconstruir lo nuestro o si me dejaré llevar por la emoción de lo nuevo con Clara. Solo sé que estoy cansado de fingir que todo está bien cuando por dentro me siento vacío.

A veces me pregunto: ¿cuántos matrimonios sobreviven solo por miedo al cambio? ¿Y cuántos se atreven a buscar la felicidad aunque duela?