¿Hasta cuándo tengo que ser la madre de todos?
—¿Otra vez te has quedado dormida, Lucía? ¡Que son las ocho y media! ¿Quién va a preparar el desayuno para Daniel?— La voz de mi suegra, Carmen, retumbó en el pasillo como una alarma que no puedes apagar. Me tapé la cabeza con la almohada, deseando que el mundo se detuviera aunque solo fuera un minuto más. Pero no. En esta casa, en este piso de Vallecas, el tiempo siempre era de los demás.
Me levanté a trompicones, sintiendo el frío de las baldosas en los pies descalzos. Daniel, mi hijo de cinco años, ya estaba sentado en la mesa con los ojos pegados a la pantalla del móvil. Mi pareja, Álvaro, ni siquiera se había levantado. Escuché el sonido de la ducha y su voz cantando una canción de Sabina. Me hervía la sangre.
—Buenos días, mamá —dijo Daniel sin apartar la vista del móvil.
—Buenos días, cariño —le respondí mientras sacaba la leche de la nevera.
Carmen entró en la cocina como un vendaval. —¿Todavía no has puesto las tostadas? Lucía, hija, tienes que organizarte mejor. Álvaro tiene que irse pronto al trabajo.
Me mordí la lengua. No era la primera vez que Carmen me recordaba mis obligaciones. Desde que me quedé en paro hace seis meses, parecía que mi único papel era servir a todos: a mi hijo, a mi pareja y a ella. Yo, que había estudiado Filología Hispánica y soñaba con ser profesora, ahora era invisible.
Álvaro apareció en la cocina con el pelo mojado y una sonrisa de niño bueno. —¿Qué hay para desayunar?
—Lo de siempre —contesté sin mirarle.
—¿Otra vez tostadas? —resopló él.
Carmen me miró con desaprobación. —Lucía, deberías variar un poco. A los hombres hay que cuidarles el estómago.
Sentí un nudo en la garganta. ¿Y a mí quién me cuidaba? ¿Quién pensaba en lo que yo necesitaba?
El día transcurrió como todos: recogí la casa, llevé a Daniel al colegio, hice la compra y volví a casa para enfrentarme a las miradas silenciosas de Carmen. Por la tarde, mientras Álvaro veía el fútbol en el salón y Daniel jugaba con sus coches, yo planchaba camisas y repasaba mentalmente las ofertas de trabajo que nunca llegaban a nada.
Esa noche, mientras cenábamos tortilla fría y ensalada, Carmen soltó:
—Lucía, deberías pensar en buscar algo de limpieza. No está bien que Álvaro cargue con todo.
Álvaro ni levantó la vista del plato. Yo sentí cómo se me rompía algo por dentro.
Cuando todos se fueron a dormir, me senté en el sofá y lloré en silencio. Recordé cuando conocí a Álvaro en la universidad: era divertido, soñador, hablábamos de libros y de viajes. Pero poco a poco, entre trabajos precarios y facturas impagadas, se fue apagando esa complicidad. Ahora solo quedaba rutina y exigencias.
Al día siguiente, mientras recogía los juguetes del salón, escuché a Carmen hablando por teléfono:
—Esta chica no sirve para nada. Si no fuera por mi hijo…
No pude más. Fui al dormitorio, saqué dos bolsas grandes y empecé a meter mi ropa y la de Daniel. El corazón me latía tan fuerte que apenas podía respirar.
Álvaro entró justo cuando estaba cerrando la cremallera.
—¿Qué haces?
—Me voy —dije sin mirarle—. No puedo más. No soy tu madre ni tu criada. No quiero que Daniel crezca pensando que esto es normal.
Él se quedó mudo unos segundos. —¿Y dónde vas a ir? ¿Con qué dinero?
—Ya lo averiguaré —respondí con una seguridad que no sentía.
Carmen apareció detrás de él, con cara de horror.—¡No puedes hacerle esto a tu hijo! ¡A Álvaro!
—Lo que no puedo es seguir aquí muriéndome por dentro —contesté.
Cogí a Daniel de la mano y salimos al portal. Llamé a mi hermana Marta, que vivía en Lavapiés. Me abrió la puerta sin hacer preguntas y me abrazó tan fuerte que rompí a llorar otra vez.
Los primeros días fueron duros. Daniel preguntaba por su padre y yo me sentía culpable por haberle arrancado de su casa. Pero poco a poco empecé a respirar. Encontré un trabajo de dependienta en una librería pequeña del barrio; no era lo que soñaba, pero al menos volvía a sentirme útil.
Álvaro me llamaba cada noche al principio, suplicando que volviera. Carmen me mandaba mensajes llenos de reproches: «Eres una egoísta», «Estás destrozando una familia». Pero yo sabía que si volvía sería para desaparecer del todo.
Un día, mientras leía un cuento a Daniel antes de dormir, él me preguntó:
—Mamá, ¿por qué estamos aquí?
Le acaricié el pelo y le respondí:
—Porque quiero que seas feliz. Y para eso yo también tengo que serlo.
Ahora han pasado seis meses desde aquella mañana en Vallecas. Sigo trabajando en la librería y he empezado un curso online para sacarme el máster de profesorado. Marta me ayuda con Daniel y hemos formado una pequeña familia distinta pero real.
A veces me cruzo con otras madres en el parque y escucho sus historias: maridos ausentes, suegras entrometidas, sueños postergados. Me pregunto cuántas Lucías habrá en España viviendo vidas prestadas por miedo o por costumbre.
¿Hasta cuándo vamos a aceptar ser las madres de todos menos de nosotras mismas? ¿Cuándo aprenderemos a elegirnos primero sin sentirnos culpables?