Entre el trabajo y el abandono: la historia de Victoria
—¿Otra vez llegas tarde, Victoria? —La voz de mi madre retumba en el pasillo, fría como el mármol de la entrada. Son las ocho y media de la mañana y ya voy con el corazón encogido, arrastrando a los niños medio dormidos hacia la puerta.
—Mamá, por favor, solo necesito que los cuides un par de horas hasta que vuelva del trabajo. No tengo a nadie más —le suplico, con la voz rota por el cansancio y la vergüenza.
Ella ni siquiera me mira. Se limita a encogerse de hombros y a volver a su taza de café. —No es mi responsabilidad, Victoria. Ya crié a mis hijos. Ahora me toca vivir mi vida.
Me quedo ahí, de pie, con las mochilas colgando de los brazos y los ojos de mis hijos fijos en mí. Lucía, la mayor, tiene diez años y ya ha aprendido a leer el silencio incómodo entre su abuela y yo. Pablo y Sergio, los mellizos de seis años, solo quieren saber si hoy habrá croquetas para cenar.
Desde que Juan murió hace un año en aquel accidente absurdo en la carretera de Toledo, todo se ha vuelto cuesta arriba. Antes, él y yo nos turnábamos para llevar a los niños al colegio, para hacer la compra, para reírnos de las facturas que nunca cuadraban. Ahora solo quedo yo, y las facturas siguen sin cuadrar.
Trabajo como cajera en un supermercado del barrio de Vallecas. El sueldo apenas da para pagar el alquiler del piso pequeño donde vivimos los cuatro. Las tardes se me van buscando ofertas en el supermercado antes de fichar la salida, calculando si podré comprar yogures o si toca otra semana de arroz con tomate.
La gente piensa que en España las familias siempre están unidas, que las abuelas están deseando cuidar de sus nietos. Pero mi madre nunca fue así. Siempre fue dura, seca, incapaz de una caricia o una palabra amable. Cuando le dije que estaba embarazada de Lucía, solo preguntó si Juan tenía trabajo fijo.
—No puedo perder mi empleo —le digo ahora, casi llorando—. Si me despiden no sé qué vamos a hacer.
—Pues búscate otra solución —responde ella sin inmutarse—. Yo ya he hecho bastante.
Salgo corriendo escaleras abajo con los niños. Lucía me ayuda a abrochar los abrigos de sus hermanos mientras yo intento llamar a la vecina del tercero, doña Carmen, una mujer mayor que a veces se queda con los niños por unas monedas. Hoy tampoco puede.
En el metro, Lucía me pregunta en voz baja:
—¿Por qué la abuela no quiere estar con nosotros?
No sé qué contestar. ¿Cómo explicarle a una niña que hay heridas que nunca se cierran? ¿Que su abuela arrastra una amargura tan antigua como la guerra civil que le robó a su padre?
En el trabajo sonrío a los clientes mientras por dentro siento que me desmorono. Mi jefa, Mercedes, me llama al despacho.
—Victoria, tienes que buscarte otra solución para los niños. No puedes seguir llegando tarde —me dice con tono severo pero compasivo—. Si sigues así tendré que reducirte las horas… o peor.
Salgo del despacho temblando. No puedo permitirme menos horas. No puedo permitirme nada.
Esa noche, después de acostar a los niños, llamo a mi hermana Ana en Barcelona. Hace años que no hablamos mucho; nuestras vidas tomaron caminos distintos cuando ella se fue a estudiar fuera y yo me quedé aquí, atada a Madrid y a Juan.
—Ana… necesito ayuda —le digo entre sollozos—. Mamá no quiere saber nada y yo no puedo más.
Ana suspira al otro lado del teléfono.
—Vicky… yo tengo mi trabajo aquí y no puedo irme ahora. Pero puedo enviarte algo de dinero este mes…
Cuelgo sintiéndome aún más sola. El dinero ayuda pero no llena el vacío ni calma el miedo constante a fallarles a mis hijos.
Al día siguiente, Pablo se pone malo en el colegio y tengo que salir corriendo del trabajo para recogerlo. Mercedes me mira con lástima cuando le explico la situación.
—¿No tienes familia? —pregunta.
—No —respondo bajito—. No tengo a nadie.
Esa noche discuto con mi madre por teléfono. Le grito que no entiendo cómo puede ser tan fría con sus nietos, que no le pido nada para mí sino para ellos. Ella cuelga sin decir adiós.
Los días pasan y cada vez estoy más cansada, más irritable con los niños. Un día pierdo los nervios y le grito a Lucía porque ha derramado un vaso de leche en la cocina. Ella se encierra en su cuarto llorando y yo me siento la peor madre del mundo.
Me siento en el sofá y miro las fotos de Juan en la pared. Le hablo en voz baja:
—¿Qué harías tú en mi lugar? ¿Cómo lo harías para no romperte?
A veces pienso en dejarlo todo e irme al pueblo donde crecí, pero allí tampoco hay trabajo ni nadie que pueda ayudarme. Otras veces fantaseo con que mi madre cambie de opinión y venga a casa una tarde cualquiera con una bolsa de magdalenas para merendar con los niños.
Pero eso no pasa nunca.
Un viernes por la tarde recibo una carta del colegio: Lucía ha faltado varias veces porque no he podido llevarla cuando Pablo o Sergio estaban enfermos. Me advierten que si sigue así podrían avisar a servicios sociales.
Me derrumbo en la cocina mientras los niños ven dibujos animados en el salón. Siento que estoy perdiendo el control de todo: del trabajo, de la casa, de mis hijos…
Esa noche decido pedir ayuda en el centro social del barrio. Me atiende una trabajadora social llamada Rosario, una mujer joven con acento andaluz.
—Victoria, no estás sola —me dice—. Hay ayudas para madres como tú. Podemos buscar una plaza en un comedor escolar o una beca para actividades extraescolares…
Por primera vez en meses siento un poco de esperanza.
Pero sigo pensando en mi madre cada noche antes de dormir. ¿Por qué no puede quererme como yo quiero a mis hijos? ¿Por qué tengo que luchar sola cuando ella podría tenderme la mano?
A veces me pregunto si algún día podré perdonarla… o si podré perdonarme yo misma por no ser suficiente para mis hijos.
¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Creéis que una madre tiene derecho a dejar sola a su hija cuando más lo necesita?