Adiós a mi infancia: Cuando ‘Zacarías y Amigos’ apagó la televisión de mi alma

—¡Corre, Martina, que va a empezar!
El grito rebotó por la casa, tan vacío ahora, que hasta parecía un eco triste. Apagué el cigarro, me levanté casi sin querer y me dejé caer otra vez en el sofá. El reloj del salón, siempre adelantado cinco minutos, marcaba las seis menos cuarto y yo sentí el pellizco antiguo en el estómago, ese al que solo Zacarías y sus amigos sabían calmar. Pero ya no estaba Martina, no estaba mamá, ni la tele era lo que fue. El silencio de mi piso de Sol se extendía como una manta gélida, y lo peor era saber que esa manta podía asfixiarme de pura nostalgia.

Apenas tenía cinco años cuando comenzó ‘Zacarías y Amigos’. Allí estaban mis primeros recuerdos: mamá cansada de la tienda, papá luchando por encontrar trabajo y Martina y yo, mirándonos los pies porque la vida era demasiado grande para nosotras. Encender la televisión a la misma hora era nuestro único ritual sagrado, la última cosa que el divorcio no había roto. Era el verano del 2005 y, sin darnos cuenta, ese peluche gigante y sus marionetas de colores fueron aguantando los golpes que la realidad nos daba.

—¿Y si mamá no vuelve hoy?
—Tranquila, Zacarías dice que siempre vuelve la primavera—, me contestaba mi hermana, como si las respuestas del mundo estuvieran en ese programa y no en el despacho del abogado de mis padres.

Años después, cuando Martina se largó con aquel chico de la Sierra y papá se marchó a Barcelona, volví al salón de la infancia, al televisor ahora plano pero más frío que nunca, porque ya no olía a Cola Cao ni había risas enlatadas. En vez de poner una película, busqué ‘Zacarías y Amigos’ en YouTube. Ahí seguían, veinte temporadas, dos mil canciones, mil voces desde los estudios de Prado del Rey. Y yo de pronto volví a los días en que sólo tenía que preocuparme de que mi hermana no cambiara de canal antes de que acabara el episodio.

El final llegó un miércoles. El presentador, que al principio había sido un chico delgado llamado Sergio (¡cómo lloramos cuando desapareció en la undécima temporada y entró Carmen!), apareció con todo el elenco. Martina me llamó llorando desde A Coruña—»¿Lo estás viendo? ¿Lo estás viendo?»—y yo no supe si llorar o reírme de lo ridículo que era asociar mi estabilidad emocional a un muñeco de tela roja. Pero ahí estaba, diciéndonos que todo tiene un final, igual que nuestros padres nos dijeron una noche que ya no habría domingos en familia.

Me emocioné cuando Serrat, el patito azul, dijo: “A veces, la tristeza también se puede abrazar.” Aquella frase quedó suspendida en el aire, como tantas otras cosas que nunca supimos resolver en casa. ¿Dónde quedó mamá los viernes? ¿Dónde quedó papá cuando renunció a la custodia? ¿Dónde nos quedamos nosotras cuando creímos que todo seguiría igual?

Mi tío Toño siempre decía que la tele era para los cobardes, que había que salir a la calle y vivir. Pero yo sé que sin ‘Zacarías y Amigos’ quizá no habría aprendido a pedir ayuda en el cole cuando me hacían bullying. Que sin la canción “Amigos para siempre”, la Martina y yo no hubiéramos abrazado de nuevo tras el último grito de mamá antes de sonar la puerta. El programa era nuestro refugio—pero claro, eso nunca lo entendió quien no creció con él.

Hoy, desde la cocina de mi piso alquilado, el rímel desbordado y el móvil ardiendo con mensajes de un grupo de WhatsApp llamado “Nostalgia TVE 2000”, lo siento como si de veras me hubieran quitado un pedazo de corazón. Leo mensajes de Inés: “¿Alguien recuerda el capítulo en que Zacarías aprendió a perdonar a su hermano?”; de Raúl: “Gracias a ese programa pedí perdón a mi padre”. Me arranca una media sonrisa pensar que, aunque ya no tengamos infancia, nos queda este pequeño duelo compartido.

A veces pienso en escribirle a mi hermana, proponerle quedar para ver el episodio final juntas, como cuando éramos pequeñas, como si el tiempo y las heridas pudieran retroceder. Pero no lo hago. Tampoco llamé a mamá cuando la operaron del corazón el año pasado. Ni a papá cuando se ahogó en deudas. Es ese miedo a revolver el pasado, a ponerle palabras a lo que siempre hemos callado. Quizá por eso adoraba ‘Zacarías y Amigos’: nunca dejaban las cosas sin decir, los abrazos se daban aunque fuera en cartón piedra.

¿Sabéis qué es lo peor de crecer? Que piensas que dejarás de llorar por cosas infantiles, pero las lágrimas del final del programa pesan mucho más que las de cualquier drama adulto. Porque cierran una etapa que no puedes volver a abrir. Porque son el eco de tu yo pequeño, diciendo adiós mientras tú intentas seguir adelante con tus facturas, tus rupturas, tu soledad aplastante.

El otro día, en el Metro, vi a un niño con una camiseta de Serrat. Me dieron ganas de decirle: “Aprovecha cada episodio”. Pero me callé. Quizá algún día, este mismo niño escriba algo parecido a lo que escribo yo ahora. Tal vez entienda que a veces la tele no era solo una vía de escape, sino la brújula para sobrevivir.

He pensado mucho desde ese miércoles extraño, con el logo de ‘Zacarías y Amigos’ desapareciendo en la pantalla. Sigo llamando a mi hermana pero nunca lo suficiente. Sigo prometiéndome que dejaré atrás la niña que fui, pero nunca del todo. Y hoy, mientras escribo esto para quien quiera leerlo, me pregunto: ¿realmente dejamos alguna vez marchar a quienes nos salvan? ¿Hay algo que os marcara tanto como aquel programa a mí?