“Dejad de malcriar a los niños”: Consejos de una madre con experiencia

—¡No puede ser, Liliana! ¡Otra vez le has comprado ese juguete carísimo a Lucía solo porque ha llorado en la tienda!—. Mi voz temblaba de rabia y preocupación, pero también de impotencia. Estábamos en el salón de casa, la luz de la tarde colándose por la ventana y mi nieta Lucía, de apenas seis años, abrazando una muñeca nueva mientras su hermano pequeño, Mateo, hacía una rabieta porque quería otra igual.

Gerardo, mi hijo, me miró con cansancio. —Mamá, por favor, no empieces otra vez. Son solo niños. ¿Qué daño puede hacerles un capricho de vez en cuando?—

Sentí cómo se me encogía el corazón. ¿En qué momento mi hijo, al que eduqué con tanto esfuerzo y disciplina, había decidido que la mejor manera de criar a sus hijos era dándoles todo lo que pedían? Me senté en el sofá, intentando calmarme. Recordé aquellos años duros en Madrid, cuando Gerardo era pequeño y yo tenía que hacer malabares para llegar a fin de mes. No había lujos, pero tampoco faltaba el cariño ni el respeto.

—Gerardo, escúchame—dije, bajando la voz—. No se trata del dinero, ni del juguete. Se trata de lo que les estáis enseñando. Si cada vez que lloran les dais lo que quieren, ¿cómo aprenderán a valorar las cosas? ¿Cómo sabrán lo que es el esfuerzo?

Liliana, que hasta entonces había permanecido callada, intervino con voz suave pero firme. —Victoria, entiendo lo que dices, pero no quiero que mis hijos pasen necesidades como las que tú pasaste. Quiero que tengan una infancia feliz, sin carencias.

—¿Y crees que la felicidad está en tenerlo todo?—pregunté, mirándola a los ojos. —Yo también quise proteger a Gerardo de todo, pero aprendí que la vida no siempre es fácil. Si no les enseñáis a frustrarse, a esperar, a esforzarse, ¿cómo van a enfrentarse al mundo cuando crezcan?

Un silencio incómodo se instaló en la habitación. Lucía y Mateo seguían jugando, ajenos a la tensión de los adultos. Me levanté y fui a la cocina a preparar un café, intentando ordenar mis pensamientos. Recordé a mi madre, una mujer dura pero justa, que siempre decía: “El amor no es darlo todo, es enseñar a vivir”.

Esa noche, mientras cenábamos, la conversación volvió a salir. Gerardo, más calmado, me preguntó: —¿Tú crees que lo estamos haciendo mal, mamá?

Suspiré. —No digo que lo hagáis mal. Solo creo que a veces confundimos el amor con la permisividad. Mira a Lucía, por ejemplo. El otro día en el parque le quitó el columpio a otra niña y cuando le llamaste la atención, lloró y al final la consolaste con un helado. ¿Qué aprendió? Que si llora, consigue lo que quiere. Eso no es bueno para ella, ni para vosotros.

Liliana bajó la mirada. —Es que me siento culpable cuando llora. Me da miedo que piense que no la quiero.

Me acerqué y le cogí la mano. —Liliana, querer a un hijo también es ponerle límites. Es enseñarle a esperar, a compartir, a perder. Si no, el día que la vida le diga que no, no sabrá cómo reaccionar. Y eso duele mucho más.

Gerardo asintió en silencio. Vi en sus ojos la duda, pero también el deseo de hacerlo bien. Recordé cuando él era pequeño y se cayó de la bici. Quiso que le comprara otra porque la suya se había roto, pero le dije que tendría que ahorrar su paga para arreglarla. Lloró, se enfadó, pero al final aprendió a cuidar sus cosas y a valorar el esfuerzo. ¿Por qué ahora le costaba tanto entenderlo?

Los días siguientes, la tensión seguía en el ambiente. Lucía y Mateo seguían pidiendo cosas, y Gerardo y Liliana, aunque intentaban ser más firmes, a veces cedían. Una tarde, Lucía hizo una rabieta monumental porque no le compraron un helado. Gerardo, cansado, estuvo a punto de ceder, pero le miré y le dije en voz baja: —Aguanta. No pasa nada porque llore. Está aprendiendo.

Esa noche, Lucía vino a mi habitación. —Abuela, ¿por qué no me compran el helado?—

La senté en mis rodillas y le expliqué: —A veces no podemos tener todo lo que queremos, cariño. Pero eso no significa que no te quieran. Significa que están enseñándote a ser fuerte y a valorar las cosas.

Me abrazó y se quedó dormida en mis brazos. Sentí una mezcla de tristeza y orgullo. Sabía que no era fácil, ni para ella ni para sus padres. Pero también sabía que era necesario.

Unos días después, Gerardo me confesó: —Mamá, tienes razón. Es duro verles llorar, pero también veo que poco a poco entienden que no pueden tenerlo todo. Lucía incluso ha empezado a compartir sus juguetes con Mateo. Nunca lo había hecho antes.

Sonreí, aliviada. —Educar no es fácil, hijo. Pero es el mayor acto de amor que existe. No se trata de evitarles el dolor, sino de prepararles para la vida.

Ahora, cuando veo a mis nietos jugar, sé que aún queda mucho camino por recorrer. Pero también sé que, aunque a veces duela, poner límites es la mejor herencia que podemos dejarles. ¿Y vosotros? ¿Creéis que estamos siendo demasiado duros o demasiado blandos con nuestros hijos? ¿Dónde está el equilibrio entre el amor y la disciplina?