Entre el Remordimiento y el Amor: La Noche en que Perdí a Lucía

—¿Por qué no me miras a los ojos, Diego? —La voz de Lucía temblaba, pero era firme, como si cada palabra le costara una herida. Yo estaba de pie en el salón, con las manos sudorosas y la garganta seca, mientras la tormenta arreciaba fuera y el reloj marcaba las once y cuarto. Sofía dormía en su habitación, ajena al huracán que se desataba en el salón de nuestra casa en Salamanca.

No supe qué decir. ¿Cómo explicarle a Lucía que mi corazón se había partido en dos, que cada vez que veía a Carmen en la plaza, con su sonrisa de siempre y ese aire de nostalgia, sentía que una parte de mí quería volver atrás? Pero también estaba Lucía, la mujer que había apostado por mí cuando no era nadie, la madre de mi hija, la que me había enseñado a reírme de mis propios miedos.

—No es lo que piensas —murmuré, pero incluso a mí me sonó a mentira. Lucía se levantó del sofá, se acercó y me miró tan de cerca que pude ver el brillo de las lágrimas en sus ojos castaños.

—¿Entonces qué es, Diego? ¿Por qué últimamente llegas tarde, por qué te pierdes en tus pensamientos, por qué ya no me abrazas como antes? —Su voz se quebró y sentí que algo dentro de mí se rompía también.

Recordé la tarde en que Carmen volvió al barrio. Habían pasado más de diez años desde que nos separamos, pero cuando la vi en la panadería, con su pelo recogido y ese lunar junto al labio, sentí que el tiempo se doblaba. Hablamos de todo y de nada, de cómo la vida nos había cambiado, de los sueños que no cumplimos. Ella me contó que nunca se casó, que a veces pensaba en lo que pudo haber sido. Yo le hablé de Lucía y de Sofía, pero omití decirle que a veces, en las noches de insomnio, pensaba en ella.

—No sé qué me pasa, Lucía. No sé cómo he llegado hasta aquí —dije al fin, con la voz rota.

Ella se apartó, cruzó los brazos y se quedó mirando la ventana, donde la lluvia seguía cayendo con furia. —¿La has visto? —preguntó, y supe que no podía mentirle más.

—Sí. He hablado con Carmen. Pero no ha pasado nada, te lo juro. Solo… solo me siento perdido.

Lucía se rió, una risa amarga, y negó con la cabeza. —Siempre supe que no la habías olvidado. Pero pensé que conmigo serías feliz, que nuestra familia sería suficiente.

Me acerqué, quise tocarle el hombro, pero ella se apartó. —No me toques, Diego. Necesito pensar. ¿Sabes lo que más me duele? No es Carmen. Es que no confíes en mí, que no me cuentes lo que sientes. ¿Cómo se supone que vamos a seguir adelante así?

Me senté en el suelo, derrotado. Recordé la primera vez que vi a Lucía, en la universidad, con su risa contagiosa y su manera de ver la vida. Ella me enseñó a soñar de nuevo, a creer que podía ser mejor. Pero ahora, todo eso parecía tan lejano, tan ajeno.

—¿Y Sofía? —preguntó Lucía, de pronto. —¿Has pensado en ella? ¿En lo que le haría perder a su padre, en lo que significaría para su vida?

Sentí un nudo en el estómago. Sofía era mi vida, mi alegría. Cada vez que me abrazaba al volver del trabajo, sentía que todo tenía sentido. Pero ahora, por mi culpa, podía perderlo todo.

—No quiero perderos —susurré, casi sin voz.

Lucía se giró, me miró con una mezcla de rabia y tristeza. —Entonces lucha por nosotras, Diego. Pero tienes que decidir qué quieres. No puedo vivir con un fantasma en nuestra casa.

Esa noche dormí en el sofá. Escuché a Lucía llorar en la habitación, y cada sollozo era como un puñal. No pegué ojo. Al amanecer, salí a la calle, la ciudad aún mojada y silenciosa. Caminé sin rumbo, pensando en todo lo que podía perder por una nostalgia, por un amor que ya no existía más que en mi cabeza.

Al volver, encontré a Sofía desayunando, con su pijama de unicornios y el pelo alborotado. Me abrazó, y sentí que el mundo se detenía. Lucía me miró desde la cocina, sus ojos hinchados pero firmes.

—Tenemos que hablar —dijo, y supe que no podía seguir huyendo.

Durante días, la tensión fue insoportable. Lucía apenas me hablaba, y yo me sentía como un extraño en mi propia casa. Carmen me escribió un mensaje: “¿Estás bien?”. No respondí. Sabía que tenía que cerrar esa puerta para siempre si quería salvar a mi familia.

Una tarde, mientras Sofía jugaba en el parque, me senté junto a Lucía en un banco. —He sido un cobarde —admití—. Me dejé llevar por la nostalgia, por lo que pudo haber sido. Pero tú y Sofía sois mi vida. No quiero perderos.

Lucía me miró, y por primera vez en días, vi un atisbo de esperanza en sus ojos. —No quiero que me elijas por obligación, Diego. Quiero que me elijas porque me amas, porque quieres estar aquí.

La abracé, y sentí que, aunque el camino sería largo, aún había una oportunidad. Pero el remordimiento seguía ahí, como una sombra. ¿Podría alguna vez perdonarme por haber puesto en peligro lo más importante de mi vida?

A veces me pregunto: ¿cuántas familias se rompen por no saber hablar, por no atreverse a enfrentar los fantasmas del pasado? ¿Y vosotros, alguna vez habéis sentido que el corazón se os parte en dos?