Por qué sigo triste, aunque fui la otra: La historia de Lucía en Madrid

—¿Por qué no contestas? —le susurré a Sergio, con la voz temblorosa, mientras el móvil vibraba una vez más sobre la mesa del pequeño café en Lavapiés. Afuera llovía, y las gotas golpeaban el cristal como si quisieran entrar y arrastrarme con ellas. Él me miró con esos ojos grises que tantas veces me habían prometido un futuro imposible. —Es mi mujer, Lucía. No puedo ahora.

Sentí el corazón encogerse, como si alguien lo apretara con fuerza. ¿Cómo había llegado hasta aquí? Yo, Lucía, la que siempre criticaba a las mujeres que aceptaban ser «la otra». La que juró nunca enamorarse de un hombre casado. Pero el amor, o lo que yo creía que era amor, me arrastró como una corriente invisible. Todo empezó hace un año, en la biblioteca de la Complutense. Yo preparaba unas oposiciones y él corregía exámenes. Nos cruzamos en la sección de literatura española, y su sonrisa me desarmó. Al principio, solo éramos dos desconocidos compartiendo cafés y charlas sobre Lorca y Machado. Luego, una tarde de otoño, me confesó que estaba casado. «Pero mi matrimonio está muerto, Lucía. Solo sigo por mi hija, por no romperle la vida», me dijo, con una sinceridad que me pareció desgarradora.

Podría haberme ido entonces. Podría haber cerrado la puerta y seguir con mi vida. Pero no lo hice. Me quedé. Me quedé porque necesitaba sentirme especial, porque me convencí de que el amor podía con todo. Porque, en el fondo, tenía miedo a la soledad.

Las primeras semanas fueron un torbellino de emociones. Nos veíamos a escondidas, en hoteles discretos de Gran Vía, en parques donde nadie nos conocía. Él me escribía mensajes a medianoche: «Pienso en ti, no puedo dormir». Yo vivía pendiente de su llamada, de sus promesas. Pero la realidad era otra. Sergio siempre tenía que irse antes de las ocho, nunca podía quedarse a dormir, y los fines de semana desaparecía. «Es por la niña, Lucía. No puedo fallarle», repetía. Y yo asentía, aunque por dentro me moría de rabia y tristeza.

Mis amigas empezaron a notarlo. «¿Por qué siempre estás tan ausente?», me preguntaba Marta. Yo mentía, decía que era el estrés de las oposiciones. Pero la verdad era que vivía en una montaña rusa emocional. Había días en los que me sentía la mujer más feliz del mundo, y otros en los que me odiaba por aceptar migajas de amor.

Una noche, después de una discusión, llamé a mi madre. Ella siempre ha sido mi refugio, pero también mi conciencia. «Lucía, hija, ¿qué te pasa? Te noto rara desde hace meses». Dudé, pero al final le conté la verdad. Hubo un silencio largo al otro lado del teléfono. «No eres mala persona, Lucía. Pero recuerda que nadie merece vivir a medias. Ni tú, ni la otra mujer, ni siquiera él». Sus palabras me dolieron más que cualquier reproche.

El tiempo pasaba y yo me desgastaba. Empecé a suspender exámenes, a distanciarme de mis amigos. Sergio me prometía que todo cambiaría, que pronto dejaría a su mujer. Pero nunca lo hacía. Siempre había una excusa: la niña, el trabajo, la familia. Una tarde, mientras caminábamos por el Retiro, le pregunté: —¿De verdad piensas dejarla algún día? —No me mires así, Lucía. Sabes que te quiero, pero no es tan fácil. —¿Y yo? ¿Qué soy para ti? —Eres mi vida, pero necesito tiempo.

Esa noche lloré hasta quedarme dormida. Me sentía invisible, como si mi existencia dependiera de los huecos que él me dejaba. Empecé a odiar los domingos, los cumpleaños, las Navidades. Siempre sola, siempre esperando un mensaje que nunca llegaba.

Un día, todo explotó. La mujer de Sergio descubrió unos mensajes en su móvil. Me llamó. Su voz era fría, cortante. «Sé quién eres. No te atrevas a volver a llamarle. Tienes una vida por delante, no la desperdicies como yo». Colgó antes de que pudiera responder. Sentí una mezcla de vergüenza y alivio. Por fin alguien ponía fin a esa mentira.

Sergio me buscó, me suplicó que no le dejara. «No puedo vivir sin ti, Lucía. Dame otra oportunidad». Pero algo en mí se rompió. Me miré al espejo y no me reconocí. ¿Quién era esa mujer que aceptaba ser la sombra de otra? ¿Dónde estaba la Lucía que soñaba con un amor limpio, sin secretos?

Decidí alejarme. No fue fácil. Lloré, grité, me sentí vacía. Pero poco a poco, empecé a reconstruirme. Volví a quedar con mis amigas, retomé mis estudios, hablé con mi madre. Aprendí a estar sola, a quererme un poco más.

Hoy, cuando paso por la biblioteca donde empezó todo, siento una punzada en el pecho. No odio a Sergio, ni a su mujer. Solo me duele haberme perdido a mí misma por un amor imposible. A veces me pregunto si realmente valió la pena tanto sufrimiento. ¿Cuántas mujeres en España viven historias como la mía, esperando algo que nunca llega? ¿Por qué aceptamos ser la otra, cuando merecemos ser la única?